Secuestros en el Magreb

9 abr

Enric Gonyalons y Ainhoa Fernández son los últimos nombres de una lista, cada vez más larga, de españoles cautivos en manos de grupos terroristas en el norte de África. No hace tanto tiempo que otros tres cooperantes nacionales (Alicia Gámez, Albert Vilalta y Roque Pasqual) fueron liberados en el Magreb tras permanecer secuestrados durante una larga temporada. El secuestro como práctica habitual de los grupos terroristas de la región es el tema de nuestro primer informe sobre las vulnerabilidades de las fronteras. Por ahora, la primera parte:

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La omertà vasca

20 feb
Última manifestación de Gesto por la paz, el pasado 8 de febrero en las calles de Bilbao.

Última manifestación de Gesto por la paz, el pasado 8 de febrero en las calles de Bilbao.

Gesto por la paz recorrió por última vez las calles de Bilbao el pasado sábado.  La coordinadora pacifista no volverá a convocar ninguna marcha porque ha decidido repensar su papel después de que ETA anunciara el final del terrorismo. 26 años han pasado desde su primer llamamiento ciudadano; la “Campaña contra el silencio” convocada por Colectivos Vascos por la Paz y el Desarme. 

Precisamente el silencio fue a menudo el mayor obstáculo. En algunos lugares no les recibieron de manera amistosa, en otros fueron ignorados. A partir de 1992 compartirían la calle con otra organización que sostenía su propia pancarta contra “el conflicto”. Pero Elkarri, el movimiento social surgido del rechazo a la construcción de la autovía de Leizarán, procedía del entorno del denominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV). Al principio, cuando algunos miembros de Herri Batasuna empezaban a tomar distancia respecto de ETA se acercaban a Elkarri y sus postulados a favor de la paz. “Elkarri no siempre supone salir de HB de inmediato [...] Estar en Elkarri exige una distancia de la coalición radical, ya que supone dejar de apoyar la lucha armada y trabajar a favor de su desaparición”, explica el periodista Jose María Calleja. En 2003 desaparecería, pero apareció más tarde rebautizada como Lokarri. Para ella, con el nuevo escenario, no parece haber terminado el trabajo.

La confidencia en televisión de uno de los diputados de Amaiur, Iñaki Antigüedad, probaba que aún con el final de ETA, en algunas calles se sigue guardando silencio. “‎Yo casi nunca he condenado atentados de ETA en público”,  decía en Al Rojo Vivo, el debate de La Sexta, “pero nunca los he aplaudido en privado”. Sus declaraciones devuelven a la opinión pública los interrogantes de siempre: ¿Por qué la izquierda abertzale se resiste a condenar la violencia de la organización terrorista? ¿Hasta qué punto ha logrado distanciarse de la disciplina de ETA?

Patxi Zabaleta, en pie, y Rufi Etxebarría.

Patxi Zabaleta, en pie, y Rufi Etxebarria.

ETA siempre ha controlado los movimientos críticos dentro de su estructura. Integró a Elkarri solo porque ésta le favorecía con su discurso equidistante sobre la violencia practicada por “los dos Estados”. Pero renegar de la organización dentro del entramado del MLNV siempre ha significado someterse a la determinación de la banda. Si se trataba de un preso, fácilmente podía ser expulsado del colectivo de presos vascos (EPPK). Si se era miembro activo de la organización las represalias se movían entre la amenaza y el asesinato, como ocurrió con la dirigente Yoyes.

La condena al ostracismo no ha sido menos severa con los miembros de la izquierda abertzale. Le ocurrió a figuras tan relevantes del aparato político como Patxi Zabaleta, expulsado por Rufi Etxebarría, entonces comisario político de ETA, bajo la acusación de “desviacionismo” porque en sus críticas a Batasuna había ido más allá de lo que permitía la vía Elkarri.

Pero la izquierda abertzale se ha reconciliado. Zabaleta había criticado que los cargos electos de  Batasuna no acudieran a las sesiones del Congreso en Madrid o de la Cámara Parlamentaria vasca. Zabaleta, contrario también al terrorismo, fundaría en adelante Aralar, formación de la izquierda abertzale  que decidió fundirse  en las pasadas elecciones generales en Amaiur, cuyos diputados sí se sientan en los escaños del Congreso.

Pero el cambio más esperado no está en el gesto. Es el discurso el que preocupa. Hasta ahora, habían sorteado toda exigencia de condenar la violencia de ETA con una obstinada respuesta que mezcla deliberadamente a todas las víctimas de la violencia (la del terrorismo de ETA, la de la dictadura, la del GAL y las torturas en instancias policiales…). La organización terrorista quiere que sea esa su contribución al relato que se está componiendo sobre la historia reciente del País Vasco; el que habrá de explicar a las próximas generaciones el origen de una violencia que se enquistó durante cincuenta años. Quiere evitar una narración basada en el eje victimas-victimarios o, peor incluso, el de vencedores-vencidos estableciendo la equidistancia entre los dos bandos y situando en la misma balanza las víctimas de su actividad violenta (las cifras se mueven entre las 857 y las 864) y las que que fallecieron en sus propias filas (reconocen unos 255; no solo por acción del terrorismo de Estado, también muertos en el exilio o mientras cometían atentados).

Se espera también que el discurso de la izquierda abertzale forme parte de ese relato y, de ahora en adelante también, del discurso democrático. Sin embargo, flaco favor le haría a ETA si reniega de ella ahora y la deja así desacreditada por su propio círculo en los últimos momentos de su historia, los capítulos finales del relato. Pero en la izquierda abertzale existen diferentes sensibilidades y al readmitir a Zabaleta no ha manifestado otra cosa que su voluntad de convertirse en el único contenedor de las ideas políticas nacionalistas y de izquierdas. Sin escisiones. Sin fisuras. Y quizá, avanzando en la línea que tiempo atrás dibujara el ex miembro de Batasuna.

Pero condenar la violencia no solo tiene que ver con aceptar las reglas de la democracia, ni se trata de un compromiso moral. Es la manifestación de que se ha roto con la disciplina que impone ETA. Que la organización terrorista ha quedado atrás y no ejerce ya ningún tipo de tutela sobre la izquierda abertzale. Es decir, que ha desaparecido. Mientras se espera ese pronunciamiento, algunos especulan con que la izquierda  abertzale empiece a empujar sobre ese muro de contención que es ETA. Si ETA acaba cediendo, los abertzales avanzarán en su condena. Pero entonces solo habrán dejado una cosa clara: ETA sigue existiendo.


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¿Qué ocurre con la extrema derecha?

24 ene
Diario Ya

Portada del diario YA el 26 de enero de 1977, dos días después de la matanza de Atocha

Un aniversario parece siempre una buena oportunidad para escribir. Hoy, por ejemplo, se cumplen 35 años desde que un grupo de extrema derecha atentara en la madrileña calle de Atocha contra un despacho de abogados laboralistas vinculados a CC.OO. Cinco personas murieron y otras 4 resultaron heridas. Otras veces, la confluencia de varios hechos con elementos similares puede funcionar a modo de disparador. El atentado que el pasado verano desató el pánico en Oslo y en una pequeña isla del país escandinavo o la sorpresa que ha provocado en Alemania descubrir que durante años había pasado desapercibida la actividad de un pequeño grupo neonazi parecen conducir a un interrogante: ¿qué ocurre con la extrema derecha?

La pregunta, a menudo, es otra. ¿Acaso estamos viviendo un repunte de la extrema derecha en Europa? Los medios de comunicación la formulan habitualmente al calor de las elecciones que, sobre todo en el centro y el norte del continente, suelen arrojar notables resultados para estas opciones políticas. Previsiblemente, las alarmas volverán a encenderse pronto. Francia entra en año electoral y las encuestas aventuran un buen resultado para el Frente Nacional que lidera la hija del mítico Jean-Marie Le Pen (quizá todavía lejos del porcentaje de votos que en 2002 le permitió enfrentarse a Jacques Chirac en la segunda vuelta de las presidenciales). Pero, ¿existe alguna relación entre los grupos terroristas  de corte extremista y  los partidos de la misma sensibilidad?

Portada del número de la revista Der Spiegel dedicado al grupo terrorista de extrema derecha

La revista alemana, Der Spiegel, dedica un número a la banda terrorista que ha estado detrás de los asesinatos de varios inmigrantes.

En Alemania no parecen tener dudas. Los diez asesinatos atribuidos a la Nationalsozialistischer Untergund (Nacionalsocialistas Clandestinos), un pequeño grupo neonazi que atentaba contra empresarios turcos y griegos, convencieron a Merkel de impulsar por segunda vez una propuesta para ilegalizar el partido neonazi NPD (Partido Nacionaldemócrata). Por incitar al odio y porque, al parecer, el NPD habría financiado buena parte de los grupos radicales del Este del país. Pero la iniciativa fue rechaza por el Parlamento con el mismo argumento que defendió en 2003: en las filas del NPD existen tantos policías infiltrados  que su ilegalización les pondría en serio riesgo al revelar sus identidades.

El tamaño del escándalo aumentó por la ineficacia de los policías infiltrados y la sospechada permisividad que encontraron los terroristas entre las fuerzas de seguridad. En sí, el grupo habría tenido en trece años una actividad muy eventual (además de los diez asesinatos, catorce robos y tres atentados con bomba). Pero su modus operandi era muy similar al del resto de terroristas de extrema derecha: señalar individuos anónimos, por lo general inmigrantes o personas próximas a ellos, para significar su rechazo a la sociedad multicultural que se ha construido en Europa. El grupo no habría tenido más de cuatro miembros (dos de ellos se habrían suicidado y una tercera se ha entregado a la policía), atentando en distintas ciudades del país siempre con el mismo arma. Su número reducido y la escasa organización del grupo  no son sino una característica propia de la extrema derecha, por lo general poco cohesionada y con escaso apoyo público.

Motivados por esto último, los terroristas de extrema derecha actúan a menudo en solitario. Ocurrió en Noruega a finales de julio de 2011 con un balance de 77 víctimas, pero ha sucedido otras veces con un saldo considerablemente menor. El caso de Anders Behring abrió también el debate sobre el terrorismo de extrema derecha y su relación con los partidos radicales. No tanto porque Behring hubiera pertenecido brevemente al principal partido conservador noruego (Fremskrittspartiet -Partido del Progreso-, el segundo partido con mayor representación en el parlamento) como porque éste manifestó reiteradamente su intención de “consolidar fuerzas” con tres partidos de extrema derecha en Hungría (país que cuenta con uno de los grupos terroristas más activos en Europa, HANLA) así como su admiración por políticos como el xenófobo holandés Geert Wilders. Pero en su conexión con Behring, no se les puede imputar mucho más que compartir la misma ideología o, en último término, haber incitado al odio.

Imagen del centro de Oslo, el 22 de julio de 2011.

Y parece claro que no hubo más vínculos entre el terrorista noruego y los partidos de extrema derecha europeos. En principio, porque el modo de actuar de Behring responde a la lógica que siguen los “lobos solitarios”, término que se aplica a aquellos individuos que actúan de manera independiente e individual, sin pertenecer a ninguna organización terrorista de la que reciban órdenes o financiación. Y, además, porque resulta complejo alinear su pensamiento con el de cualquier tendencia ultranacionalista seguida por un partido político. Los lobos solitarios “suelen crear sus propias ideologías combinando aversiones personales con objetivos políticos y sociales de carácter más amplio”, explica Javier Jordán, especialista en terrorismo.

El caso de Anders Behring fue el más sonoro por la dramática letalidad del atentado en Oslo, pero no fue el único “lobo solitario” que actuó el año pasado. En Florencia, dos ciudadanos senegaleses murieron y otros dos resultaron heridos cuando un miembro de la extrema derecha italiana, Gianluca Casseri, disparó contra ellos en un mercado de la ciudad. La comparación entre ambos casos pone al descubierto una doble tendencia en el terrorismo de extrema derecha, que tiene entre sus objetivos no solo a individuos extranjeros (hoy fundamentalmente población musulmana, en el pasado, judía) sino también a personas de izquierda. Según EuroPol, las concentraciones y manifestaciones de grupos de extrema izquierda son hoy uno de los principales objetivos de la extrema derecha. Sin embargo, que muchos de los terroristas radicales sean “lobos solitarios” no hace sino dificultar notablemente la actuación de las fuerzas de seguridad que quedan a menudo alertadas por la actividad de estos grupos en internet. Los eventos musicales (White Power Music) y las concentraciones de hooligans, que reúnen frecuentemente grupos de diferentes países, han servido tradicionalmente para alertar a los investigadores. Fuera de ese circuito quedan los “lobos solitarios”, que no buscan en internet u otras plataformas colaboración sino más bien reconocimiento.

La amenaza del terrorismo de extrema derecha en Europa

Número de atentados y detenciones vinculados con la extrema derecha en Europa. Fuente: Informe TE-SAT (EuroPol)

Pocos argumentos pueden calmar el debate sobre la manifestación de la extrema derecha en Europa. Cuando se encienden las alarmas por el buen resultado de un partido radical en cualquier elección, el temor especula con la violencia (de este signo o del contrario). La precaución también. La extrema derecha siempre encuentra algún motivo para golpear con fuerza, y esta vez lo ha encontrado en la crisis económica que atraviesa Europa. Pero antes de eso ya había encontrado otros argumentos. Los partidos radicales están presentes en gran parte de los parlamentos nacionales o regionales del continente y esto no suele traducirse en la existencia de grupos terroristas que actúen en su territorio. Ha sido generalmente el este de Europa (Hungría, Polonia, Chequia) y Gran Bretaña los países más afectados por la actividad violenta de las organizaciones extremistas. En alguno de estos casos, la extrema derecha es políticamente residual (como ocurre en Gran Bretaña). En el extremo contrario, Francia soporta uno de los partidos más longevos y populares sin una actividad relevante de los grupos de extrema derecha.

Las cifras que da a conocer anualmente Europol apuntan que el terrorismo de extrema derecha es hoy uno de los menos activos. A falta de conocer la cifra del pasado año y sin la actualización de los datos de años anteriores a la que obliga el descubrimiento del grupo terrorista alemán, el número de atentados perpetrados en la última década por organizaciones de esta ideología es muy reducido (siempre, según datos de Europol). Un diagnóstico muy similar publicó el servicio de inteligencia alemán en un informe doméstico: “De nuevo, en 2010 no se han encontrado estructuras terroristas de extrema derecha”. La prensa no solo ha vuelto sobre ese informe para criticar la actuación policial, también revela un número de muertes atribuido a la extrema derecha próximo al centenar y medio a lo largo de las dos últimas décadas. A la luz de todo esto, el diagnostico parece claro. En primer lugar, la amenaza del terrorismo de extrema derecha ha sido habitualmente subestimado por la inteligencia y las fuerzas de seguridad, que tienen además un nada desdeñable desafío en la figura del “lobo solitario”. En segundo lugar, su vinculación con los partidos políticos es lo suficientemente discutida como para no impedir la actividad de estos. Pero no hay que subestimar su importancia: siempre revelan las tendencias de una ideología que, en ocasiones, lleva su extremismo hacia límites que se desbordan.


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El proceso de paz que pudo acabar con ETA

16 ene

Portada del libro.

Título: ETA. Las claves de la paz. Confesiones del negociador.

Autor: Luís Rodríguez Aispeolea/Jesús Eguiguren.

Editorial: Aguilar.

Fecha: Diciembre de 2011.

Páginas: 359.

Todavía parece pronto para escribir el último capítulo de la historia de ETA. Cuando la organización terrorista hablaba en el comunicado de octubre, en el que anunció el final de la lucha armada, sobre la “resolución de las consecuencias del conflicto” avanzaba ya que el episodio final podría ser largo. Y estamos solo en el principio.

Lejos de lo que pudiera parecer por publicarse pocas semanas después de aquel anuncio, “ETA. Las claves de la paz” no tiene nada que ver con ese relato. Ni siquiera a pesar de referirse a menudo al nuevo Gobierno surgido a partir de las elecciones del 20 de noviembre, responsable ahora de gestionar el final de la banda. No es ese el relato, pero pretende serlo. 

Luís R. Aizpeolea, periodista del diario EL PAÍS, se remonta aquí a un capítulo ya cerrado; el del proceso de paz de 2006. El material sobre el que se construye el libro es una serie de conversaciones con Jesús Eguiguren, presidente del PSE-PSOE, quien fuera representante del Gobierno en las conversaciones con ETA durante aquel año. Capítulo ya cerrado, abierto ahora para reivindicar el capital político de Eguiguren (y, en última instancia, de José Luís Rodríguez Zapatero) antes de que la gestión del PP capitalice el éxito final. Pero sobre todo porque la obra abunda en la teoría de que  la violenta ruptura del proceso de paz de 2006 decidió el final de ETA al que asistimos hoy.

Con el atentado de la T4 en Barajas no solo estallaron las conversaciones de paz, algo se quebró también en el entorno de ETA. La izquierda abertzale escenificaría pronto su distanciamiento de la organización terrorista y reanudaría el debate tantas veces abortado a cerca de la conveniencia de abandonar o no la lucha armada. Para Aizpeolea, la derrota de ETA terminaría de decidirse el 22 de mayo, cuando la coalición Bildu logró el mejor resultado histórico para la izquierda abertzale. Quedaría confirmado algunos meses después, con las elecciones generales arrojando un resultado prometedor para la nueva marca abertzale, Amaiur.  Y de resultas de esto parece evidente que el capitulo final de ETA no podrá escribirse antes de una última cita electoral; la que en marzo de 2013 revele la formación del parlamento vasco después del final del terrorismo y con la casi segura participación de la izquierda abertzale.

Pero si la voz de Eguiguren debía vertebrar el relato, ya a mitad del libro queda relegada. Porque es solo una voz autorizada, conocedora del clima interno de la banda, mientras las conversaciones tienen lugar a lo largo de 2006 (y de forma oculta en años anteriores). Roto el proceso se acaba también el contacto con el interior de la banda, y su voz como tal pierde relevancia. Hasta entonces no había sido sino el resumen de una serie de reuniones mantenidas en Ginebra y Oslo, dominadas por la batalla dialéctica. Al Gobierno y a ETA les preocupaban los términos en los que ésta debía anunciar la tregua así como los compromisos que ambas partes debían garantizar a lo largo del proceso. Fuera del hermetismo de la sala de reuniones, el clima político en España se tensaba al paso de las manifestaciones. Unas sobre el Estatut de Cataluña, otras sobre el proceso de negociación con ETA.

Con la ruptura de la tregua, el pulso que mantienen la izquierda abertzale y ETA se vuelve cada vez más público. Por momentos, incluso centran el momento político que viven el País Vasco y España. A partir de aquí, el libro se convierte en un relato periodístico que no quiere dejar de reconocer la contribución de los poderes políticos en el final de la violencia. Y lo achaca gravemente, porque mientras la primera mitad, aunque tediosa, ponía al descubierto el curso de las negociaciones privadas que llevaron a cabo el Gobierno y ETA, la segunda mitad resulta insuficiente para entender la decisión de la banda de abandonar la lucha armada en octubre de 2011. Las claves de la paz a las que hace referencia el título son aquí una sola. Nada se dice de cómo las numerosas detenciones y la incautación de material explosivo por parte de las fuerzas policiales han acabado acorralando a la organización. Nada se dice de la asfixia económica que vive la banda, ni de la impotencia al comprobar que el número de etarras encarcelados supera considerablemente al de cuadros en activo. No son los únicos síntomas que presentaba ETA antes de abandonar la violencia, pero dicen algo más de su estado de salud.

“A ETA se la ha llevado por delante la crisis”, sentenciaba Florencio Domínguez en las páginas de El Correo Vasco el día después de que la banda anunciara su final. El motivo de su final no ha sido solo el debate ideológico y estratégico que se abrió en el denominado MLNV (Movimiento de Liberación Nacional Vasco), fue también el reconocimiento de una debilidad. Mucho de lo primero y nada de esto último en un relato que pretendía explicar las razones del final.

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La memoria es un campo de batalla

15 dic

fotografía de la ESMA

“La memoria es un campo de batalla” dice Felipe, recuperando la frase de alguien a quien no logra recordar. Quizá podría hacerla suya si añadiera que hay unas batallas que son más difíciles de ganar que otras. Y él lo sabe. Felipe acompaña a las visitas en Londres 38, el principal centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CCDTyE en adelante) que se conserva hoy en pleno Santiago de Chile, donde funcionó bajo la dictadura de Augusto Pinochet.

La batalla, podría haber dicho también, no respeta fronteras. Al otro lado de los Andes, dos gobiernos pelean por salvar recuerdos y reparar daños. El de Dilma Roussef, en Brasil, a duras penas ha logrado alumbrar una Comisión de la Verdad para investigar los crímenes de la dictadura 26 años después de la llegada de la democracia. No habrá condenas porque una ley mantiene la amnistía a los represores. En Uruguay, su presidente, José Mújica, también lo ha tenido difícil. In extremis logró impedir la prescripción de las violaciones de los derechos humanos durante el régimen. Poco antes, el Congreso había negado la posibilidad de una revisión judicial de los crímenes y los ciudadanos, por segunda vez en un referéndum, rechazaron cualquier investigación.

La batalla, que duda cabe, se ha disipado a menudo entre promesas de reconciliación. A costa de la unidad nacional y de anular cualquier amenaza sobre las incipientes democracias, los primeros gobiernos electos indultaron a los represores. Hoy, décadas después, varios países latinoamericanos luchan por volver sobre su pasado para hacer justicia, para cerrar la Historia.

Han encontrado un referente cerca. Argentina da muestras de que la batalla no está perdida. Pero tampoco está definitivamente ganada. A Laura le gusta decir que la memoria “es un relato flexible y abierto, porque nunca se conoce toda la verdad por más que aparezcan nuevos datos”. Le escucha un numeroso grupo de unas cuarenta personas  a las puertas de la ESMA(Escuela de Mecánica de la Armada), el mayor CCDTyE de Buenos Aires y, en realidad, de toda Argentina. 17 hectáreas, 35 edificios, 5.000 personas desaparecidas entre 1976 y 1983.

Laura trabaja en el Instituto Espacio para la Memoria, encargado de la protección del complejo de edificios desde 2004, cuando fue suspendido el decreto de su demolición aprobado durante el gobierno de Carlos Menem. Y sin embargo, hasta 2007 no fue abandonado por la Marina, que había instalado allí una escuela de navegación que seguiría funcionando mientras uno de sus edificios era ocupado por los militares y los centenares de desaparecidos. En su lugar, el presidente Menem había planeado la construcción de un parque dedicado a la unidad nacional. Porque en Argentina, como en los otros países de la región, los gobiernos y las leyes decidieron imponer el olvido.

“La memoria”, dirá luego Laura, “es un ejercicio de construcción colectiva”. El relato se ha de componer entre todos, porque puede que no sean muchos los testimonios pero sí lo son los testigos. “Los testimonios son pocos porque la supervivencia era una excepción, pero la gente tenía una ligera idea de lo que ocurría aquí. Es más, los militares mantenían unperverso juego entre ocultar y dejar ver. Sobre todo para propagar el miedo. Pero eso eligieron este lugar en el centro de Buenos Aires, a pocas cuadras del estadio del River”, explica.

Felipe encuentra otro motivo por el que el relato no puede quedar encerrado entre esos muros. Ha quedado escrito en una pared de Londres 38; “lo que sucedió en esta casa, sucedió también fuera de ella. El terrorismo de Estado operó sobre el conjunto del país”.

La ESMA y Londres 38 son símbolos de esa voluntad de construir la memoria de manera solidaria. Solo las palabras de sus visitantes y de los pocos supervivientes pueden llenar hoy la desnudez en el interior de los edificios, donde no quedan ya más que las paredes y el suelo luego de que los militares desmantelaran las instalaciones. Porque a veces a los gobiernos se le adelantaron los represores.

Ni siquiera  los edificios conservan ya el mismo aspecto que cuando funcionaban como centros de tortura, pero esta no es sino una operación más dentro del cálculo de la dictadura. “Llegaron denuncias sobre torturas a diferentes organismos internacionales, así que la junta militar hizo obras para desacreditar los testimonios”, cuenta Laura. “Los testimonios hablaban de una escalera principal que comunicaba todos los pisos y también de un ascensor. Desaparecieron. Las descripciones no encajaron con la realidad y acabaron apartadas”.

“Suponemos que aquí echaron abajo una pared”, dice Felipe mientras señala dos boquetes en el muro de una sala. “Muchos testimonios hablaban de una habitación estrecha donde se producían las torturas, pero al eliminar ese tabique no existe ya un espacio con esas condiciones en esta casa”. Se lamenta especialmente porque quienes realizaron las remodelaciones no fueron los militares sino una institución estrechamente vinculada con el Ejército que se mantuvo allí hasta 2008. “También le cambiaron el número a la casa. Nosotros le devolvimos el 38, pero ellos le habían puesto el 40. Y sospechamos que pudieron hacer otras reformas para encubrir a los militares”.

A veces ni siquiera respetaron la estructura. “Se cuidaron bien de que nada de aquel horror quedara visible”, denuncia Gastón, que trabaja como arqueólogo en otro CCDTyE de Buenos Aires, el Club Atlético, que hacía las veces de almacén policial. El edificio fue demolido durante la dictadura militar y no fue hasta 2002 que se iniciaron las excavaciones, pero Gastón advierte de que los avances están siendo lentos. Existe un importante obstáculo: la autopista 25 de mayo, construida durante el gobierno castrense, atraviesa gran parte del terreno.

La imposición del olvido es también un capítulo de la Historia así que nadie ha pretendido llenar el vacío ni restaurar las estructuras. “La materialidad aquí son las palabras”, aclara Laura a los visitantes. “Queremos conseguir espacios versátiles, centros para la interpretación y la reflexión. Estos lugares nos permiten empezar a contar la historia del país”, defiende Gastón. Y añade que es eso lo que distingue un Espacio para la Memoria de un museo.

Y si en la ESMA está prohibido hacer fotos no es, como ocurre en muchos museos, porque pueda deteriorarse la obra. Es que la ESMA es la prueba material de un juicio contra los represores que acaba de ser resuelto. Es lo que diferencia a Argentina de sus países vecinos. Aunque tarde, muchos de los responsables están siendo juzgados y condenados.

“Para nosotros ya fue difícil lograr la concesión del inmueble y abrir un Espacio para la memoria”, replica Felipe. “Quienes fueron sus propietarios hasta hace poco no han ido muy lejos. Se han instalado a solo unas cuadras. Así funcionan las cosas aquí”. Y es entonces cuando recita aquello de que “la memoria es un campo de batalla” y trata de recordar.

Publicado originalmente en Periodismo Humano

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¿Son las fronteras un obstáculo en la lucha contra el terrorismo? (IIª parte)

27 nov

Si las relaciones entre EEUU y Pakistán parecían haber llegado a un punto límite luego de la muerte de Osama Bin Laden, la situación ha empeorado notablemente en las últimas horas. Una operación de la OTAN en la frontera con Afganistán se cobró la vida de 26 soldados pakistaníes en la madrugada del viernes. Nuevamente, las tropas destinadas a combatir a las células de Al-Qaeda en Afganistán han acabado penetrando en territorio vecino. Y mientras Pakistán amenaza con plantear en el Parlamento una revisión de las relaciones con Estados Unidos, tanto la OTAN como el gobierno norteamericano acusan a las autoridades pakistaníes de tolerar a las células radicales en su territorio.

Cuando Estados Unidos y Pakistán dejaron de entenderse.

Parece innegable que nada ha resultado como Estados Unidos esperaba. La estrategia de la contrainsurgencia fue el primer fracaso. Ganarse el favor de la población local con el desarrollo de nuevas instituciones y la reconstrucción del país no logró rebajar la violencia. Tratar de establecer contactos con los grupos locales y sus líderes, tampoco. Más tarde, desviar las negociaciones hacia países vecinos, como Pakistán, no ha resultado ser del todo productivo. Y entonces las tropas estadounidenses llegaron a Abbotabbad.

Pero la muerte de Osama Bin Laden parecía más determinante hace seis meses que ahora. El golpe de efecto fue innegable entonces. El líder de Al-Qaeda no solo había herido a Estados Unidos aquel 11 de septiembre con la muerte de cerca de 3000 personas, también decidió al país a embarcarse en una guerra “contra el terror” que ha provocado numerosas bajas dentro de sus filas. Pero, ¿ha acercado su muerte el final de la guerra? ¿Realmente los resultados de la operación compensan la crisis diplomática?

El cambio más inmediato que esperaban tanto el equipo de Obama como muchos analistas políticos era una revitalización de la imagen pública del presidente. Según revelan datos recogidos por la empresa Gallup, efectivamente la aprobación del gobierno de Obama remontó en los días posteriores a la muerte del terrorista pero ni el incremento fue especialmente notable ni se dejó notar por mucho tiempo. En los primeros días que siguieron a la operación de los SEALs en Abbotabbad, la popularidad de Obama se sitúa por encima del 50%, con valores que, en cualquier caso, no llegaron a superar el 53%. El dato no es menor porque Obama llevaba cerca de 3 meses sin superar esa barrera. Nuevamente, a principios de junio cayó por debajo del límite y pocos días después el porcentaje de quienes le desaprobaban era superior (la tendencia se mantiene todavía hoy).

De la muerte de Osama Bin Laden se esperaba también que abriera un nuevo tiempo en el curso de la guerra. Los más entusiastas empezaron a hablar incluso de una pronta retirada de Afganistán. Los cambios que ha generado apuntan, sin embargo, en direcciones diferentes.

Lejos de favorecer el final de la guerra, la desaparición del líder de la organización radical y los problemas que ha desencadenado en las relaciones entre Pakistán y Estados Unidos podrían dificultar la retirada. Hasta el momento, la cooperación en materia antiterrorista entre ambos países se había centrado en contener la presión de los terroristas en la frontera con Afganistán. Pakistán se había convertido en el más firme aliado de Estados Unidos en la región. Con la retirada de las tropas de Afganistán en el horizonte (un horizonte próximo que terminará de concretarse en 2014), esa alianza se hace ahora más necesaria que nunca y falta tiempo para reconstruir relaciones diplomáticas.

Pero además, no son pocos los especialistas que apuntan que la guerra de Afganistán ha dejado de librarse en Afganistán. La guerra ha desplazado a las milicias de Al-Qaeda fuera del país y muchas han recalado en territorio pakistaní, donde han entrado en contacto con los talibanes locales. Por eso, la acción militar estadounidense ya se había dirigido a Pakistán antes de la muerte de Osama Bin Laden. El ejército norteamericano empezó en 2009  a enviar aviones drones (no tripulados) a las regiones de Waziristán del norte y del sur, en la frontera entre ambos países. Los bombardeos indiscriminados se han cobrado allí miles de víctimas, pero solo un pequeño porcentaje corresponde a cuadros de Al-Qaeda. La mayoría son víctimas civiles.

Con una ampliación tan considerable del marco de guerra la cooperación se hace, de nuevo, indispensable. La confianza entre ambos países, sin embargo, pasa ahora por su peor momento. Y la muerte de Osama Bin Laden no es sino el síntoma más evidente de ello. Si el ejército norteamericano decidió emprender aquella misión en solitario era porque sospechaba que revelar su información a las fuerzas pakistaníes para llevar a cabo una operación conjunta podría arruinarla.  La evidencia de que esto es así ha enfurecido al gobierno pakistaní.

Resulta complejo evaluar los efectos de la muerte de Osama Bin Laden en términos de beneficios. Sabemos que la red de Al-Qaeda ha designado ya un sucesor (Ayman al Zawahiri) y que muy probablemente esté preparando una serie de acciones como represalia por la muerte de su líder. En este caso, el golpe no habría logrado ser definitivo (como ocurrió en otras ocasiones con la muerte de un líder, como fue el caso del líder de Sendero Luminoso, Abigael Guzmán) aunque dejó temporalmente a la organización descabezada y probablemente desnortada.

Claro que si entendemos el beneficio en términos de propaganda, indudablemente Estados Unidos se ha apuntado un notable éxito frente a Al-Qaeda. Sin embargo, la imagen norteamericana no es buena en Pakistán y sigue empeorando a medida que se incrementan las operaciones en el país, y lejos de lo que cabía esperar, la imagen de Obama en Estados Unidos tampoco se ha beneficiado en exceso de la operación.

A modo de conclusión, ¿es posible una ruptura total de las relaciones?

Esta incógnita sigue preocupando todavía hoy. Quizá haya indicadores de que no va a ser así, pero la fragilidad de las relaciones es cada vez más evidente. Y a diferencia de lo que pudiera parecer, no solo Pakistán ha aumentado el nivel de exigencia para con su aliado. Estados Unidos también.

En cualquier caso, ambos se necesitan mutuamente. Desde luego, Estados Unidos quiere salir de la región con el menor número de enemigos potenciales y asegurándose de que la organización terrorista haya quedado lo suficientemente mermada como para que deje de suponer una amenaza para la seguridad internacional. Existen serias dudas de que esto vaya a ser así. Al-Qaeda ha potenciado ya sus bases en otros territorios.

Y le interesa además dejar en la región un aliado que pueda tutelar el periodo post-bélico en Afganistán, para tratar así de frenar las aspiraciones de un Irán que espera ansioso la retirada norteamericana.

Pero Pakistán necesita también de Estados Unidos. Y por diferentes motivos. Mientras se mantiene la cooperación, Pakistán recibe importantes ayudas económicas y para el desarrollo de parte del gobierno de Obama. Además, se ha puesto fin a un largo historial de sanciones económicas impuestas por el gobierno estadounidense a consecuencia de la política nuclear pakistaní. Y mientras Pakistán se hace la foto con Estados Unidos, envía también un mensaje a la vecina y poderosa India, de la que le separan años de lucha y un conflicto territorial histórico (Cachemira).


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¿Son las fronteras un obstáculo en la lucha contra el terrorismo? (Iª parte)

17 nov

Portada de "The New York Times" el día después de la muerte de Osama Bin Laden

Muy perjudicadas quedaron las relaciones entre EEUU y Pakistán luego de la intervención militar con la que el ejército norteamericano dio captura y muerte a Bin Laden, refugiado en el país asiático. La incursión de los SEALs en Abbottabad,  ciudad próxima a Islamabad, había dejado en evidencia la actuación de los servicios de inteligencia pakistaníes en su propio territorio y su connivencia con los fundamentalistas de Al-Qaeda. Pakistán lo asumió como una ofensa y paralizó todo tipo de cooperación con Estados Unidos. Todavía hoy, seis meses después, la relación se mantiene en stand-by.

 ¿Cuáles son los riesgos de una acción antiterrorista que vulnera fronteras?

 No era ésta la primera vez que un Estado violaba la soberanía territorial de otro eximiéndose en la lucha antiterrorista. Operaciones similares se han producido otras veces despertando la indignación y la desaprobación, ya no solo del país afectado sino también de la comunidad internacional. Las consecuencias, sin embargo, han sido múltiples.

En 2008, el ejército colombiano asesta un duro golpe a las FARC: ha bombardeado un campamento de la guerrilla y, como consecuencia, muere Raúl Reyes, su número dos. Lo ha hecho, sin embargo, en territorio ecuatoriano (a 1’8 kilómetros de la frontera entre ambos países) y no mucho tiempo después de ver fracasar la propuesta de mediación del presidente venezolano. La operación abre una crisis entre el gobierno colombiano y los de Ecuador y Venezuela. Durante meses, las embajadas de ambos países en Colombia quedan vacías. También son expulsados los principales diplomáticos colombianos en los dos territorios.

La tensión solo quedaría rebajada con un cambio en el poder de Colombia. El relevo balsámico de Álvaro Uribe lo encarnaría, paradójicamente, su ministro de defensa, Juan Manuel Santos.

El conflicto generado por la injerencia militar antiterrorista no siempre se resuelve de manera pacífica. Puede derivar en confrontación armada como ocurrió con la Guerra de Líbano en1982. Aprincipios de junio de aquel año, Israel invadió el Líbano a fin de expulsar a los miembros de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) que habían encontrado refugio en el sur del país luego de ser expulsados de Jordania. Si bien finalmente los cuadros de la OLP abandonaron el país, las relaciones con el Líbano se complicaron con la aparición ese mismo año de Hezbollah, lo que propició numerosos enfrentamientos y una segunda guerra en 2006.

Existen, sin embargo, matices en lo que podría entenderse como intromisión de un país en otro a expensas de la seguridad antiterrorista. Somalia es el escenario ideal para cualquier aclaración.

Al Shabbab, la milicia que mantiene fuertemente controladas algunas zonas del sur y el centro del país, ha extendido su ofensiva a zonas vecinas en Uganda y Kenia. Los dos países han entrado en territorio somalí para combatir a la organización, pero su intervención solo puede entenderse de modo distinto. Mientras Kenia ha actuado en respuesta a una ofensiva de la milicia (el reciente secuestro de dos cooperantes españoles y uno italiano en un campo de refugiados al este del país), Uganda intervino en Somalia antes de formar parte de sus objetivos. El país había prestado fuerzas militares para su incorporación a la AMISOM (Misión de la Unión Africana para Somalia), que combate a la organización terrorista con el apoyo del frágil Gobierno Federal de Transición. Así, en 2010, Kampala, su capital, se convirtió en el escenario del primer atentado que Al-Shabbab cometía fuera de territorio somalí.

Las represalias contra ambos países no han llegado del débil gobierno sino de la organización terrorista. Aunque se de aquí un caso de injerencia (en el caso de Kenia), los escasos medios con los que cuenta el GFT para hacer frente a Al-Shabbab atenúan la violación de la soberanía nacional del país.

Existen también ejemplos de lo contrario, esto es, de casos en los que la intromisión de un país en otro territorio no solo no ha desencadenado conflictos diplomáticos o militares sino que incluso ha reforzado las alianzas entre países. Ocurrió entre Mauritania y Mali. A principios de junio de 2011 fuerzas mauritanas se internaron en el país vecino para destruir una de las bases de Al-Qaeda. Pocos meses después, ambos Estados firmaban un acuerdo que venía a reforzar la cooperación que ya se venía dando en materia antiterrorista.

La frontera, entre los Estados y los grupos terroristas

El historial de injerencias militares de orden antiterrorista es, por supuesto, más extenso, pero la relación anterior bastará para advertir la diferencia con lo ocurrido en Abbottabad. Tiene que ver inevitablemente con los elementos que distinguen la lucha contra Al-Qaeda de la del resto de grupos terroristas. Obedecen a la estructura y las dimensiones de la organización fundamentalista así como a la existencia de filiales y grupos afines repartidos por el mundo (el caso de Al-Shabab podría incluirse aquí).

Al-Qaeda practica un terrorismo global. Descuenta las fronteras. Cuando las FARC o Hamas han rebasado los márgenes de su territorio base lo han hecho sin alterar su objetivo. ¿Qué motivos les obligan a abandonar el territorio? Evidentemente, la percepción de que el cerco se estrecha en torno a ellos y que hay menos riesgos en otros territorios próximos, donde incluso pueden ser protegidos por fuerzas estatales o bien por sus habitantes.

Entre tanto, Al-Qaeda no ha centrado su actividad en un solo escenario. La frontera no existe como resguardo, ni siquiera como límite, porque en el territorio de la umma que ansían establecer no existen fronteras. Se hace evidente entonces que la organización terrorista parte con una ventaja que los Estados no pueden revertir si no es con la cooperación. Mientras Al-Qaeda atraviesa fronteras (sobre todo porque está presente en extensas regiones como el Magreb Islámico), los Estados, que ven en la organización una amenaza contra la seguridad mundial, están obligados a respetarlas si quieren evitar conflictos diplomáticos o militares.

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El voto abertzale

19 may


La campaña electoral en España vuelve a quedar mediatizada por la participación de la izquierda abertzale. Su nueva marca, Bildu, podría suponer todo un cambio con respecto a las anteriores formaciones vinculadas con la banda terrorista ETA. La sinceridad sobre su rechazo a cualquier tipo de violencia solo podrá valorarse con el tiempo, pero el 22 de mayo quedará de manifiesto si la apuesta por la vía democrática la comparte también el cuerpo electoral que tradicionalmente respalda a las fuerzas abertzales.

Las encuestas publicadas por los diarios EL PAÍS y EL MUNDO sitúan a Bildu en la cuarta posición tras PNV, PSE-EE y PP. De confirmarse este domingo las previsiones, la coalición entre Eusko Alkartasuna, Alternatiba e independientes alcanzaría el 18% de los votos. ¿Cuenta la marca abertzale con mayor apoyo ahora que rechaza la violencia? ¿Arrastrará a las viejos electores de anteriores partidos no desvinculados con ETA?

El último sociómetro dado a conocer por el gobierno vasco a principios de este mes revelaba un repunte de la simpatía que despierta la izquierda abertzale entre la sociedad vasca. Se sitúa ahora en su nivel más alto (2’8) desde 2005-2006 (2’9), por encima de otras formaciones como el PP. Es, además, la única formación política que crece en el gráfico. Difícilmente este indicador puede traducirse en porcentaje de intención de voto pero revela el respaldo social con el que cuenta la marca Bildu.

Evolución del voto abertzale en las municipales

ETA logró en 1979 un prometedor bautizo electoral. Herri Batasuna (HB) se había convertido en la segunda formación política más votada en las elecciones municipales de ese año. Con el 15’55% de los votos (146.195) superaba a los dos grandes partidos nacionales (PSOE y UCD), aunque quedaba todavía lejos del PNV.

En 1983 el apoyo electoral se resentía ligeramente. ETA Político-Militar había roto la primera tregua declarada en 1981 durante el gobierno de Calvo Sotelo. Con el 13’72% de los votos (136.470), HB pasaba a ser la tercera fuerza tras PNV y PSE-PSOE.

La izquierda abertzale revertiría su suerte en 1987. Ese año recuperaba la segunda posición y lograba el mejor resultado hasta entonces (19’26% – 206.095). La escisión que había sufrido el PNV tras la marcha del lehendakari Garaicoetxea y la fundación de Eusko Alkartasuna había fragmentado el voto nacionalista y HB resultó beneficiada.

En 1991, el PNV recuperó la distancia que le separaba del resto de fuerzas nacionalistas y relegó nuevamente a HB (17’48% – 172.687) a la tercera posición tras el PSE-PSOE. ETA había roto nuevamente una tregua declarada en 1988.

En las elecciones municipales de 1995, las últimas para la formación abertzale, HB (14’63% – 160.280) desciende a la cuarta posición, ahora también superada por el PP. Lejos quedaba entonces la barrera de los 200.000 votos que había logrado superar a finales de los 80.

En 1999, ante la amenaza de la ilegalización, ETA se vió obligada a abandonar las siglas de Herri Batasuna y funda Euskal Herritarrok (EH), con las que logró el mayor número de votos hasta entonces. Con el 19’91%, la formación consiguió 228.169 votos. Superó por poco al PSE-EE/PSOE, pero lograba acercarse al EAJ-PNV, que se presentaba en coalición con la escisión EA. La izquierda abertzale participaba en las elecciones en un escenario de alto el fuego.

La ilegalización definitiva de HB, EH y Batasuna dejó a la izquierda abertzle fuera de las municipales de 2003, pese al intento de formalizar una nueva candidatura, Autodeterminaziorako Bilgunea (AuB), cuyas listas serían inhabilitadas. Tras este breve paréntesis, la organización volvió a participar en las elecciones de 2007. En esta ocasión, bajo las siglas ANV obtiene el resultado más pobre de todos los comicios (7’56% – 73.458 votos). Pocos meses atrás, ETA había echo estallar la tregua con un atentado en la T4 de Madrid. Muchas de las listas serían luego ilegalizadas.

La suerte de Bildu marcará un nuevo punto en la evolución del voto abertzale pero esta vez el contexto es distinto. La izquierda abertzale se presenta en un escenario de tregua y con una declaración manifiesta en contra de la violencia. Por primera vez, participará en coalición con otros dos partidos. Uno de ellos, EA, con dilatada experiencia electoral y con un cuerpo electoral propio (el 7’18% de los votos en las municipales de 2007). También se ha enfrentado a la posibilidad de la ilegalización, que ha superado en una dividida sentencia del Tribunal Constitucional. El debate en los tribunales ha acabado. Ahora solo la aplicación de una clausula que permite ilegalizar partidos con conductas antidemocráticas podría expulsar a Bildu de las instituciones.

Aunque el voto abertzale no ha manifestado un nivel de fidelización tan elevado como el de otras formaciones políticas vascas (especialmente PNV y PSE-EE/PSOE), la experiencia ha demostrado que los momentos de tregua de la organización terrorista suelen ser especialmente propicios para la marca abertzale. Bildu podría capitalizar esa circunstancia a la espera de que el Tribunal Constitucional se pronuncie acerca de la legalidad de Sortu, la firma que inicialmente iba a presentarse a estas elecciones.


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La caída del gran terrorista

16 may

Las armas son una extensión de mi cuerpo, son mis brazos

decía Edgar Ramírez encarnando a Carlos, el icono del terrorismo de los años setenta cuya vida da para cinco horas ininterrumpidas de cine.

Solo aquella confesión podría explicar la contumacia del terrorista. Carlos había empleado las armas primero invocando la causa palestina, luego al servicio de los movimientos anticapitalistas árabes y, poco antes de su detención, mostrando su adhesión a la Revolución Islámica. Pero quizá no baste para entender el cambio que se había producido en su conciencia. ¿Dejó de creer Carlos en la posibilidad de un Estado palestino? ¿Había renunciado más tarde a romper con el orden capitalista?

Nada de eso. Las circunstancias habían impuesto el cambio de rumbo. Aunque se había prestado a servir a las siglas del FPLP (Frente Popular para la Liberación de Palestina), Carlos no estaba hecho para trabajar bajo órdenes y en equipo. Él era un icono.

Aprovechó su expulsión de la organización para llevar a cabo el proyecto de internacionalización de la lucha armada. Respaldado por los Estados árabes alineados con el comunismo, asumiría la tesis anticapitalista. Tiempo después, la caída de la URSS volvería a dejarle fuera de cualquier estructura. Perdió el apoyo logístico de los países del bloque soviético, la colaboración de los servicios de inteligencia (STASI, KGB…) y la financiación y el asilo en los países árabes. El golpe fue definitivo. Solo encontró refugio en Sudán, demasiado aislado del resto del mundo, demasiado pobre para sostener su “lucha internacional”. Era el capítulo final.

Muchos han encontrado una correspondencia entre la caída del bloque soviético y las revueltas prodemocráticas en el mundo árabe. Ya sea por anunciar el camino hacia la democracia, por lo inesperado de su estallido, por el desconcierto que han provocado o por el importante cambio que imponen (y en este sentido no han sido pocos los que han hablado de un caso de “cisne negro”).

Hay un elemento más. Los dos hechos han forzado un cambio en la lógica del terrorismo. Si la caída del bloque soviético desactivó gran parte del sostén que el terrorismo internacional tenía entonces, el derrumbe de las dictaduras en el mundo árabe ha arrinconado a los movimientos islamistas radicales que practican hoy un terrorismo global. Las revueltas han supuesto su derrota política. Se han quedado al margen. Y lejos de ese escenario, del territorio donde todo se decide, el líder ha caído de nuevo.

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